sábado, 15 de agosto de 2020

Un día especial: la visita a la Feria del Libro 2016

Alexa Lizeth Medina Rentería

 

La feria del libro de la UABC tuvo lugar, como todos los años, en la universidad, por la calzada Benito Juárez.

Estaba el día caluroso, típico de Mexicali. Pero ese día caluroso era especial para mí, porque iría a la famosa feria del libro por primera vez en mi vida. No recuerdo si fue a finales de marzo o a principios de abril de 2016.

Nos sentíamos emocionados, a punto de salir de la escuela para dirigirnos a la universidad.

Puede ser que muchos de mis compañeros solo hayan querido salir del instituto y perder clase, pero para mí no era así, para nada, en lo absoluto. Ellos son lo suficientemente desafortunados para no conocer el verdadero valor de un libro, que tanto puede significar para ti.

Únicamente íbamos mi grupo y unos cuantos tutores en ese recorrido, ya que mis compañeros de primero B habían acudido unos días antes.

Cuando nos avisaron que los autobuses se encontraban listos y los profesores empezaron a señalarnos que subiéramos, todo primero A empezó a llenarlos. No eran los normales, amarillos, malolientes autobuses. Tampoco eran aquellos con televisión, refrigeración y sillas extremadamente cómodas. Eran como un punto medio, y eso estaba perfecto para mí.

Mis compañeros ocuparon aquellos asientos rojos reclinables; junto a ellos, ventanas con cortinas, y encima, un techo color grisáceo.

El viaje fue, en mi opinión, bastante largo. Muchos de nosotros éramos incapaces de esperar para llegar a la feria del libro.

 

Llegada

Entramos a la UABC, un lugar con el que no era para nada familiar, habiendo estado ahí alrededor de dos veces en mi corta vida.

El pasto y los árboles tenían un hermoso color verde, aquel verde brillante que ya no se puede apreciar actualmente.

Caminamos por todos lados por un rato, apreciando a niños, adolescentes y adultos deambulando por ahí. Tratamos de entrar a la famosa biblioteca, pero había demasiadas personas en ese momento.

Esperamos afuera por alrededor de quince minutos, guiados por los profesores que nos habían acompañado: Martha Andrade, Luis Carlos Chávez y Cecilia Urbalejo, admirando la flora bien cuidada.

Cuando por fin logramos ingresar, admiramos el hermoso mural, lleno de colores y figuras. Hay muchas cosas que no recuerdo de ese día, pero definitivamente qué tan grande es esa obra. Llena de colores (azules, verdes, marrones) y figuras de todo tipo (bailarinas, máscaras de teatro, el Hombre de Vitruvio).

A ese punto, yo podía notar cómo mis compañeros se estaban aburriendo, volviéndose más y más desinteresados conforme el tiempo pasaba.

Lamentablemente, como ya he mencionado, no recuerdo mucho de ese recorrido.

Salimos de la biblioteca y nos dirigimos a otro edificio cerca de ahí, dirigiéndonos a una sala con varias sillas para diversas escuelas. Encontramos nuestros lugares y nos sentamos, esperando el discurso que estaba apunto de dar el tallerista Feli Dávalos, escritor y creador del programa de radio de hip-hop de la Universidad Iberoamericana.

En ese entonces, no me importaba mucho ni conocía para nada el trabajo de Feli Dávalos, y tal vez lo hubiera logrado si tan sólo hubiera puesto un poco de atención a sus palabras. Pero no lo hice.

Cuando la presentación había terminado, nuestros tutores nos llevaron a una habitación en donde tendríamos la oportunidad de hablar en una estación radiofónica no muy conocida, dirigida por alumnos de la UABC. Muchos de mis compañeros aprovecharon la oportunidad de participar en la radio, algunos gastándola con tonterías. Yo no quise decir nada.

 

Tiempo libre

Y, por fin, el momento que estaba esperando con ansias, el momento en el que podría andar por la feria del libro sin supervisión, sin ningún adulto. ¡Tiempo libre! 

Empezamos a caminar por ahí, en grupos pequeños, observando los puestos.

Se me hizo algo extraño ver tanta variedad de objetos. Había joyería, discos, pósters, instrumentos, amuletos, entre muchas otras cosas.

Cuando mis amigas y yo nos detuvimos en un puesto, debí de haber perdido la noción del tiempo, ya que me encontré a mí misma sola.

El pánico me recorrió el cuerpo por unos instantes, mezclado con un extraño sentimiento de libertad. Me tomó unos momentos recuperar la compostura y darme cuenta de que estar sola en esta situación era para lo mejor. Podía recorrer todo el lugar sin contenerme y, eventualmente, me toparía con algún niño de mi salón.

Después de diez minutos hallé a otras compañeras. Todas juntas, decidimos salir, todo el movimiento y el sonido sofocándonos. Afuera había puestos de comida, helados, paletas de nieve, etcétera.

Eventualmente, volvimos a entrar. Dándome cuenta de que el tiempo libre que nos habían dado casi terminaba, me separé de mis amigas y di con el libro que quería comprar desde el inicio: The Mark of Athena.

 

Salida

Cuando todos regresamos al punto de encuentro, decidimos que era hora de irnos.

Todos volvimos a subir a ese autobús, a sentarnos de nuevo en esos asientos rojos, exhaustos tras un largo día, aunque sólo hubieran sido alrededor de dos horas.

Arribamos a la escuela, la emoción terminándose para volver a nuestras clases normales.

 (Segundo grado de secundaria, 2017)

viernes, 17 de julio de 2020

La vida de mi abuela



La profesora Yolanda Sánchez Ogás, impartiendo una
conferencia en el CECUT. (Foto: El Imparcial)
Mi abuela se llama Yolanda Sánchez Ogás. Sus padres fueron Santiago Sánchez Alvarado y Ramona Ogás. Ellos se habían casado en Anaheim, California, y allá vivían, pero cuando hubo una inundación se vinieron para Mexicali porque aquí residía la mamá de él.
Mi abuela nació el 17 de julio de 1942, en el número 43 de la calle San Luis del popular barrio de Loma Linda, al oeste de Mexicali. En ese tiempo no había muchos doctores y solamente existía el Hospital Civil. Muy pocas madres tenían sus partos allí. Mi abuela sería la quinta hija, los demás eran de diferentes edades y todos estaban chicos, por lo que su mamá no podía darse el lujo de permanecer fuera de casa. Entonces, dio a luz en su propio domicilio, gracias a las atenciones de una partera que se llamaba Rosa.
La familia de mi abuela era numerosa. Sus hermanos se llamaban: Gilberto, Lidia, Jaime, Roberto, Irene, María Elena, Óscar, Héctor, Sandra y René.
Loma Linda —donde pasó sus primeros años— tiene ese nombre porque, cuando Mexicali sufrió la inundación de 1905 a 1907, el agua formó un gran zanjón que dividió el poblado en sus partes oriente y poniente y en ese sector se formaron muchas lomas.
Al sur y al oeste del barrio había ranchos, la mayoría de chinos. En ellos se sembraban cañas, papas, ajos, cebollas y algunos árboles frutales. Los chinos vendían sus productos en unos botes que colgaban en los extremos de troncos que se colocaban sobre los hombros. Recorrían las calles del barrio ofreciendo sus verduras y naranjas.
También había algunos ranchos de mexicanos, como el de Don Juan y el de las Viudas. Una señora llamada Enriqueta pasaba por las calles en una carreta jalada por un caballo. Vendía queso, leche, frutas y verduras. La mamá de mi abuela salía con una olla para comprar leche y luego la hervía. A mi abuela no le gustaba la leche hervida y menos cuando se tragaba un pedazo de nata; le parecía horrible, pero tenía que beberla. En ese entonces los niños comían y tomaban lo que sus papás querían, a fuerzas.

Grandes maestros
Cerca de la casa familiar se ubicaba la Escuela Primaria Vicente Guerrero, con la vespertina Plan de Iguala. Cuando mi abuela tenía seis años abrieron el jardín de niños Rosaura Zapata, que se convirtió en su primera escuela. Cuenta que el kínder era muy bonito, con un gran salón de danzas y juegos, donde el profesor Roberto Contreras Alemán les enseñaba canciones que todavía recuerda, como el “patito, patito, color de café”.
En el gran patio se encontraban instalados muchos juegos metálicos, columpios, resbaladeras. Al fondo, las profesoras sembraban algunas verduras y llevaban a los alumnos a regarlas. Para todos era muy emocionante caminar hasta el otro lado de la manzana a cuidar las plantas.
En la Plan de Iguala conoció a sus primeras amigas cercanas: Eréndira —de quien después fue compañera en la secundaria, y mantuvieron la amistad toda su vida, hasta su deceso— y Emma Castañeda —a quien perdió de vista al cambiarse de escuela—. A otras amistades de esa época aún las visita.
Sus maestras de la primaria fueron Celia Cota Valenzuela y, en segundo grado, Esperanza Ramos de López, ambas muy buenas profesoras y a quienes siempre ha recordado con afecto y agradecimiento. La directora era una gran maestra, que trabajó más de sesenta años: María de Jesús Gil.
En el patio de esa escuela mi abuela aprendió a jugar softbol, por lo que luego fue muy aficionada al béisbol. Muy chica, con su papá y sus hermanos acudía a ver los partidos de los Águilas de Mexicali.

El barrio de su infancia
En aquellos años, la gente compraba su mandado en el comercio de la esquina. Ella y sus hermanos iban a la tienda de don Alejandro, allí se vendía de todo. A veces compraban un cinco de zurrapas. “En un cucurucho que hacía don Alejandro, lo llenaba del dulce que se caía del pan y eso nos vendía. A eso le decía zurrapas”. Entonces no había muchas golosinas, solamente pirulines y dulces de leche.
En ese barrio vivía mucha gente cristiana, a la que se llamaba hermanos. Ellos asistían a la Iglesia de la Fe en Cristo Jesús. Mi abuela acudía los domingos con sus amigas, las hijas del pastor, que eran sus vecinas. La pasaba muy bien: les enseñaban la doctrina y luego las llevaban a comer tacos o tostadas en la cocina de la iglesia. Una navidad, a sus ocho años, cantó en el coro, toda vestida de blanco. Sin embargo, cuando se cambió a vivir a la colonia Cuauhtémoc, en 1951, dejó de ir a esa iglesia. Tampoco acudió a ninguna otra.
Su casa de Loma Linda estaba en medio de dos grandes lotes; era de dos pisos. En la parte alta su papá le puso alambre de la mitad de la pared para arriba. Allí dormían todos en tiempo de calor.
El patio estaba lleno de árboles frutales: duraznos, higueras, moras, granadas y una gran ramada con una pared de parras, que cuando daban uvas se miraban muy bonitas, además de que eran muy sabrosas. En el techo de la ramada las uvas se secaban y se hacían pasas, que sus hermanos bajaban.
El agua llegaba a las casas por canalitos, y solo tenían que pagarse cinco pesos cada mes al canalero para que limpiara el cauce. El líquido entraba a un pozo que cavó su papá (lo forró con cemento y al lado puso una torre con un tanque), subía con una bomba y así ellos eran los únicos que tenían un baño de regadera y agua de la llave (todos los vecinos usaban baldes para extraer el líquido de sus pozos). Lo único que hacían era sembrar carrizo alrededor del pozo, para que el agua no se calentara mucho en verano.
Su papá tenía un taller mecánico por la calle D, entre las avenidas Lerdo y Zaragoza, muy cerca de la casa de una familia muy rica, los Guajardo. A él le gustaba contarles cuentos, que él creaba de algo que le pasaba.
Uno de esos cuentos fue de cuando se le descompuso el carro y durante unos días tuvo que irse a pie a su taller. La gente decía que arriba del barranco se aparecía una señora y todos temían pasar por allí en las noches. Cierta vez su papá regresaba de trabajar, subió el barranco y vio aquella aparición: una mujer vestida de blanco. Con mucho miedo tomó una piedra y se acercó, gritando: “¡¿Quién es?!”. Pero nada le contestaba. Siguió avanzando y preguntando. Cuando estaba muy cerca y ya iba a lanzarle la piedra, la señora, asustada, le habló: “¡Soy Matiana, soy Matiana!”. Era una vecina que cada noche esperaba a su hijo; vestía de largo y blanco porque era costumbre de las cristianas. Así se acabó esa leyenda de la aparecida.
También su papá le contó de la madre de los Guajardo, a quien, según se dijo por mucho tiempo, habían momificado y la tenían sentada a la mesa del comedor. Años después, cuando mi abuela ya estudiaba en la Secundaria 18, con mucho miedo y con algún grupo de compañeros iban a asomarse. Podían asegurar que miraban a la señora momificada. “Los Guajardo dicen que esa leyenda era falsa. Quién sabe”.

Su adolescencia y juventud
En Loma Linda mi abuela vivió con su familia hasta los ocho años. Entonces se cambiaron a la colonia Cuauhtémoc, que apenas se estaba formando. Así conoció que Mexicali se extendía hacia el este de su antiguo barrio.
Entonces, además del centro de la ciudad, estaba la sección segunda (de la calle del Árbol —hoy llamada Peritus— a la calle H). Muy lejos se ubicaba el Palacio de Gobierno, al final de una avenida que se llamaba Independencia y ahora Álvaro Obregón, pues frente al palacio se levantaba el monumento al presidente de ese nombre. A un lado se encontraba la Secundaria 18.
Mexicali tenía muy pocos planteles escolares: Cuauhtémoc, Leona Vicario, Vicente Guerrero, Distrito Federal, Benito Juárez y Netzahualcóyotl. Las comunidades rurales también contaban con escuelas. Sólo había una secundaria, que era la 18. En esos años, acudir a ella era lo mejor a lo que podía aspirar un egresado de la primaria. Mi abuela tuvo la suerte de ingresar ahí.
En la 18, además de las clases regulares, se ofrecían clases de deportes con un buen profesor, Armando Rodríguez Carpinteiro. Con él mi abuela aprendió a jugar basquetbol y volibol. Contó también con otros buenos maestros, pero el mejor fue Jesús Rodríguez Escalante, quien le impartió español los tres años. Con él se aficionó a la lectura, hábito que hasta ahora conserva, y su mayor deseo es que sus hijos y nietos también la practiquemos.
Tuvo la oportunidad de continuar sus estudios en la Escuela Normal Fronteriza, que inicialmente funcionaba en aulas prestadas de la primaria Cuauhtémoc, pero en octubre del año en que ella ingresó (1958) se trasladó a su ubicación actual, en el exejido Coahuila. Allí mi abuela se encontró con buenos profesores, como Evarista Morones y Fernando Robledo, quienes le fomentaron el gusto por la historia, que ya albergaba desde niña. En esa normal se graduó como profesora de primaria.
Por su trabajo tuvo que recorrer varias comunidades: primero la colonia Morelos (cerca de Los Algodones), después el Uno del Shenk, Cerro Prieto, la colonia Zaragoza. Posteriormente impartió clases en escuelas de la periferia de Mexicali. Su labor en el valle fue muy importante para ella, porque le gustó tanto el medio rural que todavía lo recorre con frecuencia.
Afortunadamente, un año antes de que concluyera la normal, en 1960, se abrió la Escuela de Pedagogía de la UABC. Allí entró a estudiar la carrera de profesora de Historia de Educación Media. Concluyó sus estudios en 1965 y ese mismo año, en septiembre, empezó a trabajar en la secundaria Carlos A. Carrillo y en la escuela preparatoria, que entonces pertenecía a la universidad (actual plantel Mexicali I del Cobach).
Dos años después contrajo matrimonio. Nacieron sus tres hijos: Lidia, en 1967; René, en 1970, y Sandra, en 1973. De estas ramas se desprenden sus cinco nietos: Jerónimo, René, Andrea, Constanza y Marcos.

El Mexicali que le tocó vivir
En 1952 Baja California se convirtió en estado y empezó a crecer. En Mexicali, después de ese año se fundaron la universidad y el CETYS, surgieron muchas escuelas primarias y secundarias y se edificaron los hospitales del Seguro Social y del ISSSTE.  
En la década de los años sesenta, la mayor parte de la ciudad no tenía pavimento. Solo contaban con él las avenidas Obregón, Madero y Reforma, y algunas calles del centro de la ciudad, que era conocido como “el pueblo”.
En el pueblo estaban las únicas tiendas, donde las familias compraban su ropa y zapatos. Las principales eran La Nacional, La Campana (estas dos todavía funcionan), La Exposición, La Cigüeña, La Ideal, La Campana y las Tres B. Un lugar importante era el Mercado Municipal, en el que se vendían todo tipo de productos y donde había muchos restaurantes de comida mexicana.
Otro sitio muy visitado era La Chinesca, donde los chinos tenían sus tiendas, carnicerías, lavanderías y casinos. En toda esa área existen subterráneos en los que vivían los asiáticos. Un hotel lujoso de ese sector fue el Cecil, propiedad de Cecilio Chi. También estaba un famoso restaurante al que por más de ochenta años acudieron los mexicalenses: el 19, ahora ya cerrado. Otros eran el 8 y el Victoria, que aún brinda el servicio.
Dos empresas que empleaban a mucha gente eran La Jabonera —donde se recibía y procesaba el algodón; en sus terrenos está ahora la plaza La Cachanilla, y solo queda de sus instalaciones el tanque de agua— y la Cervecería de Mexicali —en la que se elaboraba una cerveza muy famosa, consumida en Baja California y California, Estados Unidos; se cerró en 1973.
Las diversiones principales eran el béisbol, las corridas de toros y las fiestas cívicas, como las del 5 de mayo, el 16 de septiembre y el 20 de noviembre. Se presentaban desfiles que iniciaban en el parque Héroes de Chapultepec y terminaban en el antiguo Palacio de Gobierno (hoy Rectoría de la UABC), donde se hacía una feria con puestos de comida. También se realizaba cada año la Cabalgata del Desierto, con alumnos de Mexicali y Caléxico, quienes marchaban por las dos ciudades.
Posteriormente se abrió el Instituto Tecnológico. Surgieron los fraccionamientos y la mancha urbana se extendió hacia el este.
Para 1998 y 2007 (periodo en que nacimos sus nietos) la ciudad era otra. Muchas calles ya estaban pavimentadas y se habían construido las calzadas López Mateos, Lázaro Cárdenas, CETYS y muchas más.
Un gran número de edificios de los años cincuenta han desaparecido. El temblor del 4 de abril de 2010 destruyó el antiguo Mercado Municipal. Sin embargo, se conservan algunos inmuebles históricos, como la Casa de la Cultura, la Rectoría de la UABC, la Colorado River, la Cervecería Mexicali, el Archivo Histórico del Estado, la Escuela de Bellas Artes, la primaria Leona Vicario y la Escuela de Artes de la Universidad.

Su labor como historiadora
Interesada siempre en la historia y la cultura, en 1980 mi abuela estaba encargada de actividades culturales de una zona escolar y fue invitada a trabajar en el museo Hombre, Naturaleza y Cultura, por varios años. Lo mejor de ese periodo fue que aprendió sobre el pasado de Baja California. Allí se redefinió su vocación por la historia y la cultura, actividades a las que ha dedicado buena parte de su vida desde su jubilación.
Durante siete años, desde el Instituto Nacional de Antropología e Historia creó los museos comunitarios El Asalto a las Tierras, del ejido Michoacán de Ocampo; Juan García Aldama, de la comunidad El Mayor Cucapá; Altagracia Arauz, del poblado de San Vicente, y el de la comunidad rusa del Valle de Guadalupe.
Ha escrito varios libros: De tierras muy lejanas, los indígenas de Baja California, Manos nativas, artesanías de Baja California, 75 años del movimiento agrario, Bajo el sol de Mexicali, A la orilla del río Colorado, los cucapá, El Valle de Guadalupe, memorias de Lidia y Gabriel Kashirisky e Inocencia González Sáinz, memoria viva de la comunidad cucapá. Asimismo, innumerables artículos para periódícos y revistas.
Fundadora de la Sociedad de Historia Centenario de Mexicali, es su presidenta vitalicia desde 2003. Su gusto por la historia la hizo decidirse a participar para obtener el nombramiento de cronista. En el año 2000, cumpliendo con los requisitos de la convocatoria, fue electa por unanimidad como cronista y le dieron el derecho a elegir serlo del valle o de la ciudad. Eligió el valle.
Entre otros de los reconocimientos más importantes que ha recibido se encuentran el de Forjadora de Baja California, por la fundación Acevedo de Rosarito; Mexicalense que Ha Hecho Historia, por el XX Ayuntamiento, y Mexicalense del Año, por el grupo de Comunicadoras de Mexicali.
Además de su gusto por la historia y la lectura, su mayor satisfacción es viajar. Ha recorrido en muchas ocasiones todo México y, en especial, la península de Baja California. También ha visitado diversos lugares: China, Rusia, toda Europa, Canadá y algunas ciudades del este de Estados Unidos, como Filadelfia, Boston, Nueva York, Washington y Tennessee.


Una vida de aventura

Ángel Adrián Torres López


Yolanda Sánchez Ogás. (Foto: Héctor Banda).
La maestra de historia y escritora Yolanda Sánchez Ogás nació el 17 de julio de 1942, en Mexicali, Baja California. Su padre se llamaba Santiago Sánchez, era originario de Torreón, Coahuila. Su madre era originaria de Anaheim, California; se llamaba Ramona Ogás. Sus abuelos maternos vivían en Estados Unidos de América, mientras que los paternos en Mexicali. En su acta de nacimiento está asentado que su padre era mecánico y su madre se dedicaba al hogar.
Menciona la periodista Adla Vivó, en su texto “Feliz cumpleaños, profesora Yolanda Sánchez Ogás (publicado el 16 de julio de 2013 por Divulgación Dhiré), que durante su infancia, en 1948, Yolanda ingresó a la escuela primaria Plan de Iguala y después a la primaria Presidente Alemán. En esta época fue discípula de grandes maestros.
En los años cincuenta vivió de niña el surgimiento del primer canal de televisión local, el Canal 3. Solía ir a divertirse con su familia al “pueblo”, como se le conocía antes al hoy Centro Histórico de Mexicali. Ahí acudía a los cines, que eran el principal medio de diversión de los niños de la época, e iba de compras a las tiendas que se encontraban en ese lugar.
Ingresó a primero de secundaria en 1955, y estudió en la Escuela Secundaria Federal número 18. Al salir, se incorporó (en 1958) a la Benemérita Escuela Normal Fronteriza, que acababa de trasladarse al exejido Coahuila.
A los alumnos adolescentes de 15 o 16 años les resultaba muy difícil llegar hasta la normal, pues se encontraba muy lejos. Solo había un camión que los llevaba, pero a veces tardaba horas en aparecer. Sin embargo, Yolanda no tenía ese problema, porque vivía en una de las colonias del este de la ciudad y podía llegar caminando al plantel, según ella misma cuenta en su texto “63 aniversario de la Escuela Normal Fronteriza”, publicado el 14 de noviembre de 2010 en Divulgación Dhiré.
A Yolanda le agradó mucho la enseñanza de profesores como Fernando Robledo, José G. Valenzuela, Guillermo Cano Caballero y la maestra de historia Evarista Morones de Cano. Pertenecía al grupo B de la normal. En él casi nadie trabajaba, por lo que ella tenía tiempo de jugar softbol y volibol con sus compañeros del equipo Las Estrellas.
Conoció en la escuela normal a sus amigas Elva Guadalupe Galván Ochoa y Lidia Cruz. Ha mantenido estas amistades durante más de cincuenta años.
En su artículo “Yolanda Sánchez Ogás: deuda saldada” (publicado el 16 de julio de 2013 por Divulgación Dhiré), el profesor Carlos Alberto Gutiérrez Aguilar cuenta que a Yolanda y a sus compañeros de la Escuela Normal Fronteriza los llevaban cada 27 de enero a la fiesta del ejido Michoacán de Ocampo. Pero no les explicaban el origen y significado de la festividad. Sin embargo, Yolanda se interesó en investigarlo.
Egresó en 1961, recibiendo el título de maestra normalista. Fue profesora de educación primaria en el valle y la ciudad de Mexicali, así como de educación secundaria y preparatoria, pues estudiaría Pedagogía en la Universidad Autónoma de Baja California como especialidad. Posteriormente tomó el curso de Etnografía en el Museo Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México.
Mi mamá me contó que en los años ochenta la profesora Yolanda fue su maestra de historia en la Escuela Secundaria Técnica 2. Su clase era muy interesante, todos estaban atentos a sus crónicas. Lo mejor de todo eran los viajes que organizaba para visitar lugares históricos de Baja California.
No se cansa de viajar. Ha dedicado su tiempo libre a realizar actividades extraescolares. Por ejemplo, lleva frecuentemente a sus alumnos a conocer todos los lugares históricos de Mexicali, su valle y otros municipios del estado.
En 1988 obtuvo el primer lugar en el concurso de libro de texto de historia regional. Ese mismo año ganó el primer lugar en el concurso de ensayo histórico sobre el agrarismo en el estado. También escribió De tierras muy lejanas.
Logró que se fundara un importante museo de historia en el ejido Michoacán de Ocampo, que se inauguró el 24 de octubre de 1989. En esa época, Yolanda comenzó una gran amistad con Petra Pérez Hernández, viuda de Hipólito Rentería, quien la apoyó con la fundación del museo.
En 1990 escribió Para seguir accionando y en 1994 obtuvo el tercer lugar en la categoría de ensayo histórico en los Juegos Florales y Certamen Literario de Mexicali.
De acuerdo con el artículo de la periodista Vivó, en el año 2000 fue nombrada Forjadora de Baja California, reconocimiento que le otorgó la Fundación Acevedo, A.C. Tres años después la Sociedad de Historia Centenario de Mexicali la nombró su presidenta vitalicia. En 2010 dirigió la creación de la  Fundación Dhiré; ella es presidenta de esta asociación.
La periodista Beatriz Limón ha sido una de sus amigas, a quien conoce desde hace más de dos décadas. Ella dice en su artículo “La Chinesca: sueño seductor, historia internacional y leyenda perpetua”, publicado el 29 de julio de 2018 en el periódico El Imparcial, que ambas se sumergieron en los subterráneos de ese antiguo barrio chino durante mucho tiempo.
En una fotografía de Yolanda públicada en Facebook, se le puede observar conviviendo y comiendo con sus amigos en La Chinesca, un lugar que la profesora ha visitado en varias ocasiones a lo largo de su adultez.
Yolanda se reúne con sus compañeros de generación de la Escuela Normal dos veces al año. Suelen ir a cenar a restaurantes como La Selecta. En una fotografía tomada en 1991, que aparece en el artículo de Divulgación Dhiré, se le mira conviviendo con varios de sus excompañeros de la generación 1958-1961, treinta años después de haber terminado sus estudios.
Fue nombrada Mexicalense del Año en abril de 2016, como se aprecia en una fotografía de la nota “Yolanda Sánchez Ogás es 'Mexicalense del año'”, del periódico El Mexicano. En ella aparece recibiendo el premio de manos del entonces secretario de gobierno Francisco Rueda, rodeada de comunicadoras de Mexicali. Se le mira muy contenta y agradecida.
Yolanda conoce a las comunidades indígenas de toda Baja California, con quienes ha forjado una amistad, principalmente con los cucapá. Es amiga de Inocencia González Sáinz (historiadora cucapá). Aparecen las dos en una fotografía publicada por el periódico El Imparcial, durante el homenaje que Yolanda brindó a Inocencia el 23 de febrero de 2017, en las instalaciones de la Casa de la Cultura en Mexicali. Ambas se han reunido para explorar Mexicali juntas en varias ocasiones.
El 6 de marzo de 2019 se le entregó a Yolanda el reconocimiento Mujeres que han dejado Huella, como se puede apreciar en el documento impreso “Programa literario musical en celebración del Día Internacional de la Mujer” (del Instituto de Cultura de Baja California), en el que se incluye su nombre como una de las personalidades homenajeadas por su profesionalismo.      
Recientemente, el 23 de enero de 2020, ofreció la conferencia El Asalto a las Tierras del Valle de Mexicali, en la Casa de la Cultura de la capital bajacaliforniana, según una invitación del ayuntamiento.
Actualmente, Yolanda es reconocida como “la cronista de la ciudad” y pertenece al entusiasta equipo de cachibol de maestras jubiladas. La historia sigue siendo su gran pasión.

lunes, 15 de julio de 2019

Milagroso y sorpresivo, “Marcelino pan y vino”




“Marcelino pan y vino” es un cuento escrito por el periodista José María Sánchez-Silva, quien nació en Madrid en 1911. Él era huérfano y la lectura le interesó mucho desde muy pequeño. En 1934 publicó su primer libro narrativo; la obra mencionada apareció en 1952 y ha sido traducida a aproximadamente 31 lenguas. Falleció en 2002. 
El tema del cuento es la unión que Marcelino crea con Jesús, ya que se describe el surgimiento de su amistad. Por lo mismo, es una obra de tipo psicológico, debido al desarrollo mental, espiritual y la descripción de características que el personaje principal adapta al transcurso de la historia.  
La historia comienza cien años antes de los sucesos centrales de la trama, pues se narra la fundación del convento. Cuando este se encontraba finalmente establecido, llegó una mujer a dejar a su hijo frente a sus puertas. Los frailes lo adoptaron y también lo bautizaron: Marcelino fue su nombre. 
En el desarrollo de la historia, se relatan los primeros años de vida del niño: sus travesías, pensamientos, sueños, etcétera. Su único obstáculo era la prohibición que tenía de subir las escaleras. 
Sin embargo, Marcelino se atrevió a desobedecer a los frailes y, al llegar finalmente al desván, se encontró con un nombre alto clavado en la cruz. Su nombre era Jesús y el pequeño empezó a llevarle de comer pan y vino.     
Al pasar los días, el niño creó una fuerte unión con Jesús. Un día, este le preguntó qué era lo que más deseaba, como recompensa por haber sido tan bueno. Marcelino pidió ver a su mamá.    
El desenlace del cuento se clasifica como cerrado y sorpresivo, ya que no se deja a la imaginación del lector, pero no es predecible. Según lo afectivo, es feliz, porque los personajes obtuvieron lo que querían. De acuerdo a sus valores, se clasifica como bueno.  
En la clasificación de los personajes, está Marcelino como principal: de él trata toda la trama y se le presenta un conflicto que busca solucionar, que es ver de nuevo a su madre. En los personajes secundarios están el padre superior, el portero fray Puerta, fray Bautizo, fray Gil, fray Malo, fray Papilla y fray Talán, que realizan acciones alrededor de lo que hace o dice el protagonista. Después, están los ambientales: la mamá del niño, que solamente se menciona al principio, pero después nunca está presente en la historia; y la familia de Manuel ―un niño al que Marcelino vio solo una vez y se convirtió en su amigo imaginario―, que se mencionan como recuerdo o aparecen muy pocas veces. 
La caracterización del protagonista es muy interesante, porque ―a pesar de tener una historia única― sus características son tan normales como las de cualquier niño de su edad: travieso, curioso, creativo, pero, sobre todo, lleno de bondad e inocencia. 
El tipo de narrador es el omnisciente, utilizando la tercera persona como voz narrativa. Por ejemplo: “Hace cien años, tres franciscanos pidieron permiso al señor alcalde de un pequeño pueblecito para que les dejase habitar, por caridad, unas antiguas ruinas que estaban abandonadas a unas dos leguas del pueblo, en terrenos de los cuales era propietario el municipio”. 
Al hablar del método narrativo, el ab ovo fue utilizado, porque la historia comienza en la construcción del convento, después cuando el establecimiento pasa de tres a doce frailes, la llegada de Marcelino y así sucesivamente, en orden cronológico de los eventos. El tiempo narrativo es el retrospectivo, utilizando el recurso temporal denominado flash-back o analepsis, cuando se tienen recuerdos de la mamá o la vez del encuentro del protagonista con Manuel. 
El tiempo es alrededor de los comienzos del siglo XX. La historia nunca lo aclara en específico, pero se puede suponer la época por el contexto.
Marcelino vivió muy bien con los frailes, rodeado de naturaleza; se atrevió a subir por las escaleras prohibidas, robaba comida para Jesús sin que nadie lo viera y siempre procuró que su amigo de la cruz se sintiera cómodo y no tuviera frío. Estos y otros factores indican una atmósfera de tranquilidad, privacidad, misterio, amistad, secrecía, compasión y armonía.    
Se utilizaron tres prototipos textuales:
  • La narración:
Recogió el buen hermano a la criatura y se la entró con él al convento. Por no despertar a los que dormían,, y que tanto menester habían de sueño, pues se acostaban fatigados de caminar y trabajar, entretuvo al chiquitín como pudo, y no ocurriéndosele nada mejor, empapó un trozo de tela blanca en agua y se la dio a chupar al mamoncillo, con lo cual éste pareció conformarse al silencio que se le pedía.
  • La descripción:
Entre los frailes había uno joven que era muy dispuesto e ingenioso y en seguida vio por dónde había que comenzar: estaban por allí las grandes piedras que sirvieran a la construcción del primitivo edificio, aunque no todas enteras. Había árboles cerca para hacer madera y corría por no muy lejos un riachuelo que les prometía a los pobrecillos frailes no morir de la sed. 
  • Y el diálogo:  
“―Padre ―dijo al Superior―, ¿y no debiéramos bautizarlo antes?
 “―¿Y qué nombre le pondremos?”.
Una de las funciones de la lengua que aparecen es la emotiva, que deja en claro cualquier emoción que se quiere expresar: “‘¡Milagro, milagro!’, gritaban los frailes y el padre superior.” La función poética es aquella que utiliza recursos literarios para la belleza del lenguaje: “Marcelino andaba aquellos días como dormido en su propia felicidad” (símil o comparación). 
Personalmente, me gustó mucho la temática de la obra, pues no me había tocado leer alguna historia, excepto la Biblia, en la que Jesús fuera uno de los personajes. Me pareció muy interesante que la trama estuviera relacionada con la religión, pero no muy enfocada en sí a cómo seguirla, sino en la historia de un niño, con un alma pura e inocente, que solo deseaba ver a su mamá. Aunque tiene un final muy impactante, la recomendaría mucho, pues vale la pena leerla. 
Referencias: 
Sánchez-Silva, J. M., “Marcelino pan y vino”. Disponible en: