Mostrando las entradas con la etiqueta Recreación de leyenda. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Recreación de leyenda. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de marzo de 2022

Olvidada en la primaria Leona Vicario

Daniela Gómez Chávez


Eran los años veinte en Mexicali, Baja California, cuando una nueva escuela forjaba sus cimientos en la que después sería la avenida Reforma.

Veintiséis años más tarde, la década de los años cincuenta, sin duda, fue muy importante para nuestra hermosa ciudad: en 1952 Baja California fue declarada un Estado Libre y Soberano, teniendo a Mexicali como su capital, que poco después de erigiría como municipio.

Gracias a todas las personas que cruzaban la línea fronteriza a diario, la ciudad incrementó su población, que para aquel entonces estaría conformada por un poco más de 120 mil habitantes, distribuidos entre la zona urbana y su hermoso valle.

* * *

En esta escuela había una bella maestra pianista. Sus clases eran siempre en el salón de música ubicado enfrente de la gigante puerta principal. El salón era blanco y en cada esquina de éste se podían escuchar las notas provenientes de aquel piano negro cuando la maestra lo tocaba.

Era el último día de clases del ciclo escolar en curso. Los niños anhelaban dormir catorce horas seguidas, ver televisión y no pensar en ningún maestro, y los maestros solamente querían dejar de escuchar a los alumnos pelear o dar excusas de por qué se les había olvidado la tarea.

Sonó la campana de salida y todo el mundo salió disparado, menos la bella maestra pianista, quien se quedaba todos los días hasta altas horas de la noche solo para seguir tocando el que ella sentía como el instrumento más hermoso de todos.

* * *

Sin embargo, esa ocasión sería muy diferente a todas las demás. La escuela quedó vacía. Eran aproximadamente las nueve de la noche. La maestra, después de su ensayo vespertino, planeaba regresar a casa para disfrutar de sus dos meses de vacaciones.

Pero no se esperaba que, al llegar a la única puerta de salida, ésta se encontraría cerrada. Sin ninguna alternativa decidió dejar de luchar, alguien vendría por la mañana y la sacaría de aquel oscuro salón. Así cedió a la oscura noche y se inundó en un sueño profundo.

Los días pasaron y nadie parecía dar un solo paso por la escuela. La maestra no podía más con el hambre, la sed la mataba. Después de su primer mes,  quedó postrada en el umbral de la puerta, dando su última respiración mientras admiraba el hermoso piano negro que solía brindarle tanta felicidad.

* * *

Después de tantos años, en Mexicali se cree que aquella pianista sigue rondando la vieja escuela, y que a altas horas de la noche se puede escuchar cómo toca su adorado piano con una belleza espectacular.

¿Será la maestra intentando decirnos algo, intentando que la notemos? No se sabe. Pero, por lo pronto, lo único que podemos hacer es disfrutar de sus hermosas melodías y revisar todos los salones antes de cerrar.

Tercer semestre de preparatoria (2015).


miércoles, 2 de junio de 2021

Víctima de la amargura en el IMSS

Lara Isabella Navarro Ortiz


Alrededor de los años sesenta y setenta, había en Mexicali una muchacha recién egresada de la Escuela de Enfermería que comenzaba su labor en el Seguro Social. Ella era muy bonita y podía encantar a cualquiera con su carisma y amabilidad. Se llamaba Fernanda.

Al entrar a trabajar todos la querían y la admiraban; decían que siempre les alegraba el día.

Una tarde llegó una nueva compañera que recordaba bien a Fernanda, ya que habían estado en las mismas clases en la universidad; pero no era tanto de su agrado, pues en todo la sobrepasaba: calificaciones, amigos, etcétera. Como todos querían a Fernanda siempre estuvo celosa de ella.

La nueva enfermera era una egoísta, amargada y celosa. Con solo verla podías notar que su vida no la disfrutaba. No tenía mucha paciencia con los pacientes, por lo que estos no la querían y preferían a Fernanda.

Un día llegó la coordinadora y les dio la noticia de que se jubilaría y su puesto quedaría vacío, así que habría una prueba para ver quién ocuparía su lugar.

La enfermera egoísta estaba preocupada, ya que sabía que todos preferían a Fernanda. En ese instante tuvo una idea siniestra, con la furia y desesperación que sentía en su interior tomó una muy extraña decisión: asesinarla. Una idea muy sangrienta para poder conseguir su objetivo.

Cierta noche, después de un largo día de trabajo, decidió convencer a Fernanda de que la acompañara a los vestidores. Argumentó que a ella le daba miedo, pues era un lugar oscuro y muy solo. Fernanda, con amabilidad y sin pensarlo, accedió a la idea.

Llegando a los vestidores, su compañera cerró la puerta y puso un escritorio frente a esta.

ー¿Por qué cierras la puerta? ーpreguntó Fernanda.

ーLo siento ーla enfermera solo respondió.

Sin dudarlo la acuchilló diecisiete veces en todo el cuerpo. La asesinó.

Al llegar el gran día del cambio de puesto, muchos se percataron de la ausencia de Fernanda, pero no le dieron gran importancia.

Al irse a uniformar las enfermeras en el vestidor, encontraron el cuerpo sin vida de su compañera.

Luego de un par de meses dieron con la crimina. Esta recibió una cadena perpetua por el homicidio.

Actualmente se dice que Fernanda pasa a visitar a los enfermos del Seguro Social para seguir con su pasión y trabajo que tanto amaba. Los pacientes, al preguntar por esa enfermera tan dulce y amable, para agradecerle por su servicio, se enteran de que falleció hace tiempo.


(Segundo grado de secundaria, 2020).

Su presencia continuó

Marisol Ruiz Vargas


Corría el año de 1960 en la ciudad de Mexicali, Baja California. En esos tiempos había una terrible contaminación en las cosechas del valle, causada cuando Estados Unidos empezó a enviar aguas con muchas sales a través del río Colorado, lo que ocasionó una gran pérdida de frutas, verduras y más y dañó a la población mexicalense.

Había una pareja muy reconocida en la ciudad, por sus grandes sembradíos. La esposa, llamada Miranda, era la más bonita, todos la querían por ser una persona muy amigable y dulce. Ella soñaba con tener una familia y vivir en su casita de la calle Lerdo, donde todos sus recuerdos estaban.

Pero lo que nadie sabía era que en realidad la joven mujer se sentía sola y sin compañía. Su esposo, José, un señor muy apuesto y trabajador, trabajaba día y noche en la cosecha y no tenía tiempo para nada.

Ella llenaba su casa con lágrimas a diario.

Todas las mañanas Miranda caminaba a la enfermería del Seguro Social, donde trabajaba. Como se sentía sola permanecía en el lugar para atender a los pacientes. Día y noche se quedaba y dormía ahí mismo, haciéndose cargo de los enfermos en el horario nocturno. Todos los pacientes salían sonriendo, satisfechos y encantados por la dulzura de esa enfermera; era un encanto único que ella tenía.

Un día a Miranda le llegó la triste noticia de que su querido esposo había fallecido intentando salvar a un niño que estaba en el río ahogándose. No pudieron rescatar a José a tiempo y murió.

La joven mujer se devastó, el hecho le dolió hasta el alma. La sonrisa que llevaba todos los días se fue desvaneciendo, hasta llevarla al punto del suicidio.

Miranda terminó con su vida encajándose un cuchillo en el corazón. Dejó una carta a su lado en la que escribió: “Lo siento, no pude soportar más el dolor que llevaba mi pobre corazón. Decidí ir con mi amor, pero regresaré y mi presencia estará en los pasillos de la enfermería. Atenderé a cada uno de mis pacientes con un gran cuidado y les daré amor para siempre”.

Esto impactó a los habitantes de Mexicali. ¡Cómo una joven como ella, tan feliz y dulce, había tenido ese tipo de sentimientos tan profundos y tristes! 

Tal como lo dejó escrito Miranda (“mi presencia seguirá”), a los meses de su muerte aparecía una joven bella ofreciéndoles sus servicios a los pacientes del Seguro Social por las noches. Cuando era de día estos preguntaban por ella y les decían que había muerto hacía meses y que verla era imposible. 

Muchas personas experimentaron la presencia de la enfermera Miranda. Por eso, ¡mejor ten cuidado en la enfermería!

(Segundo grado de secundaria, 2020).

martes, 1 de junio de 2021

El desconocido de la calle Once

Itzel Jazmín Madrigal Pérez

 

Entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, mientras estaban presente en Mexicali la contaminación por culpa de los estadounidenses y las movilizaciones sociales, se hallaba una calle entera de centros nocturnos pobladas por cachanillas que ahogaban sus penas en alcohol. Debido a los diferentes problemas que ocurrían en esos momentos, y más por los sucesos políticos y sociales que había en la UABC, los preparatorianos y universitarios se la llevaban todas las noches de fin de semana en la conocida calle Once.

Un domingo como tantos, con vientos agradables y noches estrelladas, se encontraban en uno de esos lugares un grupo de jóvenes de entre 18 y 19 años de edad. Tres damas iban en compañía de dos coquetos caballeros. Dos de las tres chicas tenían de cita a los muchachos. La tercera y la más hermosa de ellas se distinguía por pómulos marcados y ojos tan grises que podías ver tormentas en su interior y una melena tan roja que te hacía pensar que se estaba quemando al caminar.

Habiendo ingresado los cinco, se situaron en la esquina del local. Las parejas en sus coqueteos dejaron excluida a Nora. Al ver esto, un apuesto hombre, con rostro, labios y nariz perfecta, unos hermosos ojos cafés brillantes y un cabello perfectamente acariciable, se acercó a la joven ya aburrida, invitándola a bailar. Ella, al ver al airoso, no dudó en ir con él. Los adolescentes que la acompañaban solo voltearon a mirarla y continuaron con su charla.

Llegando a la llena pista de baile ambos decidieron entablar conversación, pero como Nora era demasiado tímida el veinteañero tuvo que comenzar.

¡Precioso vestido, luces encantadora! –le comentó.

Al ver que el galán le coqueteaba de una manera que no le resultaba agradable, ella le reclamó:

–Creo que deberíamos empezar conociéndonos y no halagando.

–Oh, disculpa. Me llamo Leviathan, tengo 25 años, vivo no muy lejos de aquí. ¿Algo más que necesites? ¿Tu nombre es...? –contestó él divertido.

La grisácea de ojos, al escuchar cómo se llamaba su acompañante, le restó importancia, pues solo pensaba que era un nombre poco común. Sintió una sensación de rareza al no saber por qué se divertía y solo respondió:

–Nora, mi nombre es Nora. Y no, no necesito más. ¿Podemos continuar bailando?

Después de varias horas casi infinitas, ambos se cansaron y decidieron salir a tomar aire. Al ver la calle sin presencia de nadie más tuvieron una extraña sensación de paz. Leviathan, al ver que Nora titiritaba, le pasó por encima de los hombros su abrigo de lana, mientras se sentaban en la orilla de la banqueta gris y descuidada a las afueras del bar. Se mantuvieron callados, contemplando el cielo nocturno, la brillante y redonda luna.

Una que otra vez compartían comentarios sobre los problemas que aquejaban a la ciudad. La joven estudiante, al ver lo tarde que era y acordándose de sus amigos, intentó despedirse.

–Lo lamento, me tengo que ir. Debo regresar por mis amigos, mañana tenemos clases. Pero si tú lo deseas podemos volver a salir.

–¿Tan temprano? Ni siquiera ha pasado la hora de las brujas, apenas empieza la diversión –replicó Leviathan.

La pelirroja le preguntó, asustada:

–¿A qué te refieres? ¿Sabes que aquí todos somos católicos?

–Si es así, ¿por qué has cometido tantos pecados? Creo que no todos practican su religión, como dicen –objetó el joven bruscamente.

–¿Qué estas insinuando? No entiendo, yo no he cometido nada.

–¿Segura? Porque desear a un hombre es un pecado, según ustedes. ¡Claro que para mí no tiene importancia! Pero, ¿para ti?

–Yo no he ansiado a nadie, ¡y claro que me importa! ¿Quién eres? –le preguntó Nora, temerosa.

–¿No? ¿Por qué entonces pude alcanzar a apreciar tu mirada de lujuria al verme? ¡No eres más que una simple y vil pecadora, y te haces creer que perteneces a un dogma! ¡Ja! Claro, ni siquiera lo respetas –la reacusó el engalanado.

–¡¿Quién eres?! ¡Contéstame! 

–Quién soy… Esa es una buena pregunta. Verás: para empezar, soy inmortal, soy el príncipe del infierno; era un ángel y fui desterrado. Ahora que sabes todo esto debo matarte.

La bella chica no tuvo tiempo ni de reaccionar, al ver que se había ido el elegante varón que hacía unas horas había conocido; en su lugar aparecía un demonio. El hombre se había convertido en una masa de por lo menos tres metros de altura, cabeza deforme, dos filas de dientes afilados; en sus brazos se encontraban marcas rojas, piel con rajaduras. Nora no pudo hacer nada más que quedarse de pie.

El diablo, al ver que la joven no se movía, aprovechó para matarla. Comenzó por quitarle los ojos, después desgarró cada extremidad de su cuerpo, le cortó la garganta y finalmente le arrancó el corazón y lo aplastó, convirtiéndolo en polvo.

Una vez terminado, dejó el cuerpo mutilado en el pavimento y se esfumó.

Al día siguiente todos los rumores se esparcieron por la ciudad. Los amigos de la universitaria solo informaron que se había ido con un extraño y que no sabían más.

Se empezó a decir que la muchacha había muerto por obra de Dios y por grandes pecados cometidos. Las autoridades encontraron el abrigo del famoso hombre, pero nunca supieron a quien había pertenecido.

Desde ese entonces la calle Once se fue abandonando. Nadie iba ya a los centros nocturnos, porque pensaban que su gran Dios los mataría como igual había matado a la pobre e inocente Nora.  

(Tercer semestre de preparatoria, 2019).

Hasta la última nota

Eitán Edric Aguilera Montoya

 

En la década de los años cincuenta, Mexicali iniciaba su desarrollo de manera muy rápida. Desde esos tiempos se cuenta una de las más antiguas leyendas de la ciudad: el lamento de la profesora de música de la escuela Leona Vicario.

Este plantel era reconocido por su antigüedad, su nivel académico, sus hermosas instalaciones, así como sus profesores. Al estar creciendo la ciudad surgieron nuevas colonias, y esto llevó a la construcción de otras primarias, las cuales no lograban el éxito que tenía aquella escuela. A los padres de familia no les importaba la distancia que debían recorrer para llevar a sus hijos hasta donde se encontraba.

La Leona Vicario también destacaba por las clases de música. ¿Cuál era la razón? La respuesta es que la profesora de esa clase era una jovencita con un gran talento, además de alegre y hermosa. Tenía una manera incomparable de tocar el piano. Nadie en Mexicali podía hacerlo como ella; su música lograba hipnotizar a los niños de todas las edades y atraer a todo quien la escuchara, como flor a una abeja. No había quien no disfrutara las melodías de la profesora; sus notas acariciaban como brisa de mar al atardecer en el rostro.

Estaba por terminar el ciclo escolar y se sabía que una nueva escuela abriría sus puertas el ciclo siguiente. El director de ese naciente plantel quería que fuera de los mejores de la ciudad, para lo cual estaba buscando a los profesores más reconocidos. Y sabía que aún necesitaba algo para poder atraer a padres y alumnos: tener como profesora de música a la bella maestra de la Leona Vicario.

Hacia finales de junio, ese director fue a la primaria de la avenida Reforma para ofrecerle trabajo a la joven maestra, lo que no fue aceptado por ella, manifestando que estaba muy cómoda con el salario y el trato que recibía en su actual trabajo, así como su relación con los padres de familia. El director intentó convencerla diciéndole que su nueva escuela sería la mejor que Mexicali tendría, pero aun así ella rechazó la oferta.

Durante la semana siguiente, el director siguió yendo a visitarla, haciéndole siempre una propuesta mejor que la anterior, pero aun así no consiguió su propósito, ya que la profesora estaba comprometida a quedarse donde pudiera enseñarles a más niños y ser buena maestra y no estaba interesada en el dinero que pudieran pagarle.

El último día del ciclo escolar, el personal del plantel terminaba de guardar las cosas para cerrar e irse de vacaciones. El edificio permanecería solitario durante dos meses, hasta que alguien lo volviera a abrir para asearlo.

La maestra de música también guardaba sus instrumentos en el sótano, para evitar que alguien intentar robarlos, cuando llegó el director a reiterar su propuesta de trabajo. La profesora, ya harta por tanta insistencia, comenzó a insultarlo y a gritarle, diciéndole cosas como: “¡Ya sabe que su escuela será un fracaso total, por eso es que está aquí insistiendo de nuevo!”, seguidas de una gran cantidad de groserías que molestaron mucho a aquel director. Este, muy enojado, explotó respondiendo los insultos de la maestra con una bofetada, pero con tanta fuerza que hizo que ella retrocediera y resbalara con una flauta que estaba en el piso. Cayó por las escaleras y rodó hasta el fondo del sótano, golpeándose la cabeza, lo que hizo que se desmayara.

Al ver lo que había causado, el director entró en pánico, pues pensó que la había matado y que iría a la cárcel. En un momento vio cómo su vida se iba a la ruina, pero se dio cuenta de que solo quedaba un conserje en la escuela.

Rápidamente tomó todos los instrumentos musicales y los empezó a guardar en el sótano, acomodándolos encima del cuerpo de la maestra para esconderlo. Después de esto, cerró las puertas y huyó del lugar lo más rápido que pudo, sin que nadie lo viera retirarse.

Horas después, la profesora despertó con un gran dolor de cabeza y sin fuerzas. Haciendo un gran esfuerzo logró salir debajo de los instrumentos que la cubrían. Trató de abrir la puerta del sótano, pero no pudo, porque estaba cerrada con seguro. Lo intentó varias veces, mas pronto se dio cuenta de que no lo conseguiría. Gritó, lloró, pidió por auxilio, hizo todo el ruido posible, esperando que alguien la escuchara. Pero ya era muy tarde: el conserje se había ido hacía un par de horas y solo quedaba ella en la escuela; no había nadie que la ayudara.

Pasaron los días y poco a poco la maestra iba perdiendo la esperanza de que alguien llegara a  rescatarla. Nadie volvería a la escuela en muchos días, debido al periodo de vacaciones. Empezó a enfermar por desnutrición y deshidratación, y apenas llevaba diez días encerrada cuando ya estaba lo suficientemente débil para que pudiera sostener su propio peso con sus piernas.

Haciendo un último esfuerzo, se sentó en el banco del viejo piano. Decidió hacer lo que la hacía sentir viva: tocar. Pero el estado de salud en que se encontraba no era suficiente para que su música fuera como ninguna otra. Y mientras la canción llegaba a su fin, sentía cómo el alma salía de su cuerpo. Tocó la última nota cuando su corazón dejó de palpitar.

No fue hasta dos meses después cuando un olor repugnante proveniente del sótano hizo que la encontraran, con su piel pegada a los huesos.

Desde ese día, en los momentos en que solo queda una persona en la escuela, se oye una hermosa melodía de piano proveniente de aquel oscuro lugar. Los acordes atraen a quienes los escuchan y, una vez que bajan, la ven sentada en el banco, muy hermosa y con una aura de luz a su alrededor. Entonces deja de tocar y se levanta lentamente, se voltea hacia la persona, mientras su piel se comienza a pegar a sus huesos y su frente comienza a sangrar, al tiempo que grita: “¡Ya no tiene caso, ya es muy tarde!. Luego desaparece, dejando a quien la vio soñando toda la vida con su rostro y su canción.

Y cada noche, exactamente a la hora en que murió, se puede escuchar por los pasillos de la Leona Vicario la misma canción que la profesora tocó mientras moría, esperando a alguien que la escuchara para que pudiera ayudarla.

(Tercer semestre de preparatoria, 2019).

Teclas de melancolía

Paola del Carmen Gil Salazar

 

Hace algunos años (sesenta, para ser más específicos), cuando apenas acababan de inaugurar los cines en Mexicali y la educación se encontraba próspera, se construyó la escuela Presidente Alemán.

Esta institución contaba con un profesor de música que se especializaba en el piano. Lo amaba tanto, era su pasión y eso lo llevó a ser un muy buen maestro. Sus alumnos lo admiraban y le pedían que tocara para ellos, pues tenía una excelente interpretación de melodías hermosas.

Pero había un detalle: en sus adentros, el increíble profesor sentía un gran vacío. Estaba decepcionado de sí mismo y de hasta donde había llegado. Amaba su profesión, enseñar era una cualidad suya que apreciaba y agradecía; sin embargo, él quería que su música fuera más allá de ser escuchada por sus alumnos.

Uno de sus sueños era actuar frente a miles de personas, o al menos en el principal teatro de la ciudad; incluso tenía la ilusión de presentarse en televisión, pues Mexicali recientemente había creado su propio canal local.

Durante las tardes en la escuela él se quedaba practicando sus interpretaciones, primeramente, porque no tenía suficiente dinero para comprar un piano y, segundo, porque le gustaba imaginar que algún día se convertiría en el músico que tanto ansiaba.

Un día el profesor se encontró con un muchacho. Este se hallaba sentado en el banquillo del piano y miraba el mueble con un brillo particular; tocaba sus teclas de forma tan delicada, como si el instrumento fuese tan frágil y con solo su tacto fuera a romperse.

Al notar todo esto el maestro habló:

–¿Tocas? –Se acercó a paso lento para dejar sus cosas cerca del piano. El muchacho, al notar su presencia, volteó a verlo.

–No en realidad, pero me encantaría. –Regresó la vista al teclado para mirarlo nuevamente con ese particular anhelo.

Y así fue como, desde ese momento, el joven, llamado Vante, se convirtió en su aprendiz de tiempo completo. Entonces el profesor dejó de sentirse tan vacío, pues ahora creía que tal vez habría alguien que podría cumplir los sueños que él no pudo lograr.

Pasaron meses, en los que Vante practicaba y practicaba. Lo hacía con amor, igual que su maestro. El chico estaba feliz de aprender.

Mas llegó el día en el que el muchacho tuvo que partir y graduarse. Y ahí estaba el profesor nuevamente vacío, enseñando con amor, pero viviendo en la monotonía.  

El querido maestro finalmente cayó en depresión. Dejó de dar las emocionantes e increíbles clases que solía impartir. Los alumnos ya no lo querían más y se quejaron con uno de los directivos.

Fue despedido. Pero todavía amaba el piano y quería volver a tocar, así que pidió permiso para practicar una de sus hermosas melodías. La escuela accedió.

Se suicidó en el mismo salón de música. Su cuerpo fue encontrado inerte en el piso del aula. La causa fue una sobredosis de pastillas. El hecho no se comentó a ninguno de los alumnos.

Días después del incidente, Vante acudió a visitar su queridísima escuela, sobre todo a su tan preciado profesor de música. Quería contarle que había realizado una presentación en otra ciudad. Deseaba que se sintiera orgulloso de él.

Al llegar preguntó por el maestro. La secretaria lo miró con pena. En ese momento el mundo del joven se vino abajo. Entró en pánico, pero no pensó en lo peor, solo que tal vez el profesor se había ido de la escuela, quizá de la ciudad. Pero claro que no era así.

Tras saber lo que había ocurrido se quedó unas horas en las instalaciones, hasta que se hizo de noche.

–Puedo jurar que lo escuché tocar. Él estaba ahí, yo lo sé comentó el muchacho a su madre al volver a casa y, sin más, se soltó a llorar.

Tiempo después algunos otros testimonios del personal de la escuela verificaron este hecho: al pasar las cinco de la tarde se escuchaban las notas del piano por el plantel. Sin embargo, cuando se acercaban a ver quién tocaba, nunca había nadie.

 (Tercer semestre de preparatoria, 2019).

Cecilia y el baile en la Escuela Cuauhtémoc

Yolanda de la Rosa Silva

 

Transcurría la tarde del 10 de diciembre de 1932, en la ciudad de Mexicali, a un día de la gran presentación navideña en la impecable Escuela Cuauhtémoc. 

Cecilia Valenzuela, una niña de once años, tenía el sueño de ser una bailarina de ballet profesional.

Después de ayudar en la casa de su abuelita, llegó al teatro de la Escuela Cuauhtémoc para su último ensayo. Pero, justo antes de entrar, vio cómo los rayos de la brillante estrella dorada acaloraban a un mendigo que estaba en la entrada del lugar. Cecilia, acompañada de su abuelito, le regaló su refresco al señor. Este lo agarró y le dirigió a la pequeña su más grande sonrisa.

La niña entró al edificio y se despid de su abuelo. Se fue directo al salón con los demás, a darlo todo en su ensayo.

La manera como giraba, como sus omóplatos se convertían en alas que la equilibraban; la pasión que tomaba de su pieza, de su pista, mostraban que ese era su lugar.

Al terminar Cecilia fue al baño para descansar su cabeza de los ríos marrones que sostenían la liga elástica. En el momento de cepillar su cabello vio a través del espejo un grupo de mariposas negras en la parte superior de la ventana del baño; se dio la vuelta para acercarse y ver el trío de bellos insectos voladores. Pero entonces la llamaron.

¡Cecilia! ¡Han llegado por ti –le gritó la maestra de ballet.

Ella volteó y nuevamente se dirig a donde estaban las mariposas, pero estas ya no se encontraban ahí. Sorprendida, las buscó, sin hallarlas. La ventana estaba cerrada y la puerta, igual. “Es extraño”, pensó.

De camino a casa, recordó que su tía Marisol los visitaría y pasaría la noche con ellos. Se puso feliz. Cuando llegó la saludó e inmediatamente se dio un baño para acostarse lo más pronto posible, ya que sus ansias de la gran presentación eran demasiadas.

Terminó de bañarse y se preparó para dormir; entonces se acostó. El cansancio se fue extendiendo por todo su cuerpo, una manta de sueño profundo la envolv y de un segundo a otro ya se encontraba en la profundidad de su ser.

Todo estaba oscuro. De repente una voz masculina se escuchó:

¡Te ves espléndida! ¡Ánimo, sal y entrégate en él! –dijo la voz masculina desconocida.

Cecilia se erguía en el escenario, con su hermoso traje, los reflectores apuntándola y el público aplaudiéndole. Era su turno, su pieza, sonó la música en seco a todo volumen. Ella comenzó a bailar, a girar. ¡Todo era tan delicado!, hasta que empezó a perder el control de sí misma, algo la hizo desear más y más baile, más aire al momento de los rápidos y bruscos movimientos, más fuerza en las puntas de los pies.

¡Aaahhh! –gritó de dolor.

Sint como salían dos protuberancias gigantes de su espalda. Dejó de dar vueltas e hizo una reverencia hacia el público con sus alas iguales a las de los insectos voladores que había visto en la escuela.

Muchas mariposas salieron del escenario y giraron alrededor de ella. Cecilia intentó huir, pero sus pies no le permitieron moverse; entonces los bellos insectos voladores se le acercaron más y más y cada vez más.

¡NOOO! –gritó agitada.

Se levantó y miró a su alrededor. Se dio cuenta de que había sido solo una pesadilla. Tomó una ducha caliente para calmarse. Sal de bañarse y se fue directamente a su cuarto. Pensaba en su traje para la gran presentación navideña, ya listo sobre un sillón rosado en su recámara.

¡MAMÁ! ¡HAY MARIPOSAS MUERTAS SOBRE MI TRAJE! –gritó desesperada.

Su mamá corr hacia el cuarto de la niña, su tía Marisol fue tras ella. Entonces vieron la docena de mariposas que se encontraban encima y alrededor del bello traje. La madre las recog y limpió cuidadosamente la ropa.

La tía Marisol le explicó a su sobrina lo que se supone que significan los insectos negros sobre las cosas.

–Cecilia, mi niña, ten mucho cuidado. Hay muchos mitos sobre insectos negros en objetos con mucho valor para las personas. Esto podría llegar a ser algo bueno, para la buena suerte, o... algo muy malo.

La niña, espantada, no respondió nada y solo se quedó perpleja por lo que su tía le acababa de decir. Su mamá interrump sus asustados pensamientos y en pocas palabras le dijo que no le hiciera caso a su tía, volteando a ver a Marisol furiosa.

Por la noche, con el traje limpio de nuevo, Cecilia se encontraba preparada y entonces la familia salió.

Cuando llegaron a la Escuela Cuauhtémoc, con un poco de retardo a causa del tráfico, la niña vio que el mendigo a quien le había regalado su refresco se hallaba en el mismo lugar del día anterior, pero de pie, limpio y con un muy elegante traje negro. Él se percató de la mirada de la niña y se la regresó, pero con más profundidad y el propósito de intimidarla.

Cecilia y su familia descendieron del carro para dirigirse adentro y encontrar buen lugar. El hombre extraño, que se suponía que era un mendigo, se acercó a ella y le dijo:

–Te esperaba. ¿Lo viste, verdá’? Ellas te enseñaron... –Hizo una pausa para voltear a ver el lugar. 

Cecilia, confundida y temerosa, se alejó lentamente. Pero, en eso, el hombre extraño la sostuvo de los hombros con una fuerza desmedida.

¡Será hoy! –exclamó y prosiguió, mirándola directo a los ojos–: A medianoche, ¡JA, JA, JA! Debes esperar donde las viste por primera vez y seré yo quien hará posible su nacimiento. Y tú serás agradecida por ellas estando en tu lugar, haciendo lo que más amas. Gracias, gracias y buena suerte.

La madre de Cecilia volteó y empujó de manera brusca al hombre extraño. Acto seguido, se llevó a su hija adentro del salón, preguntándole una y otra vez si se encontraba bien. La niña mint diciendo que sí, cuando en realidad se hallaba asustada, desconcertada y nerviosa. Pero, aun así, trató de no darle importancia al asunto, ya que solo faltaban minutos para su gran presentación.

Llegó el gran momento y Cecilia se puso en posición para salir y darlo todo. Se abrió. Eran muchas las miradas que había sobre ella, los reflectores la apuntaban y de repente la música comenzó. La niña giró con velocidad y precisión; se movía como si fuera la última bailarina que quedara, como si ese fuera su último baile, como si aquello fuese algo que hiciera cada mil años y solo tuviera esa ocasión para salir a darlo todo. Se sentía la pasión que ella entregaba, se sentía cómo ella misma se entregaba.

Al final se detuvo, de forma que sus brazos se veían majestuosos al dar la reverencia al público. Se cerró el telón. Cecilia sal del escenario. La felicitaron todos sus compañeros y su familia.

Y entonces lo vio, vio al hombre extraño detrás de bambalinas. Su padre la llamó para entregarle rosas. De un momento a otro ella volteó y no está el mendigo con traje.

Ansiosa, le dijo a su mamá que ya se quería ir, que solo se cambiaría rápido para que celebraran en otro lugar. Se dirig a cambiarse, pero se encontró con un grupo de niñas que aún no habían tenido su turno de presentarse. Entonces subió a los baños del segundo piso, para no estorbar y retirarse más rápido.

Escuchó pasos detrás de ella. “TRUM, TRUM, TRUM”. Sonaban como esos zapatos finos sobre la madera delicada. Cecilia volteó y miró al hombre extraño. Nerviosa, aceleró el paso sin voltear de nuevo. Pero entonces se escucharon más apresurados los pasos del hombre. En el momento en el que ella se dio cuenta, corr y velozmente llegó a los baños. Él tocó la puerta e intentó abrirla, pero la niña la cerró con seguro.

Cecilia vio el reflejo de las mariposas en el espejo. Se encontraban en el mismo lugar en el que las había detectado la primera vez, pero ahora volaban más agitadamente.

El hombre logró abrir la puerta y la pequeña se alejó más hacia la esquina y gritó:

¡¿QUE QUIERE DE MÍ?! –Las lágrimas rodaban por sus mejillas. 

–Tu alma, cariño. Eres la elegida, un alma pura –le respondió el extraño, de manera serena.

Siguió gritando ella y logró llamar la atención de las personas de abajo. El hombre se le acercó más y más, hasta que se dejó de escuchar su grito.

Y precisamente esa noche algo extraordinario suced en Mexicali, un suceso meteorológico que causaría asombro en la ciudad: empezó a nevar. Las personas que iban saliendo de la escuela se quedaban sorprendidas.

Pero los familiares de Cecilia estaban desesperados y ansiosos por encontrarla, pues tenían la seguridad de que había sido ella quien había gritado. Pero en el baño de arriba no se encontró a nadie. Solo había unas bellas mariposas negras en la parte superior de la ventana.

Desde esa noche se ha dicho que se aparece una niña ya sea gritando o bailando en el segundo piso de la actual Casa de la Cultura de la capital bajacaliforniana.

(Tercer semestre de preparatoria, 2019).