martes, 27 de junio de 2017

¡Que no te jalen las patas!




Durante la administración del alcalde Armando Gallego, en 1974 se mandó construir el Centro Deportivo Francisco Zarco, en un extremo del terreno del Panteón Número 1, ahora llamado Panteón de los Pioneros (frente a la actual Plaza La Cachanilla). Una barda dividía hasta ese entonces el área del cementerio en dos secciones: una para mexicanos y otra para asiáticos.

Para la construcción del parque recreativo, previamente se exhumaron los restos que se hallaban en ese sector.

Siguen pasando los años y la gente asegura que en las albercas del lugar se corre peligro. Cuentan la historia de un niño de unos nueve o diez años, delgado pero muy ágil para la natación. Dicen que un día acudió con su familia al sitio a pasar una tarde tranquila, en el caluroso verano. Pero cuando decidió entrar a la alberca algo extraño sucedió.

Apenas abrían las instalaciones y el niño estaba muy emocionado. Al abrirse las puertas corrió hacia la regadera y luego se sumió en el agua.

Mientras nadaba, comenzó a sentirse mal. Había acabado de comer, según su padre, pero nunca se le dijo que esperara para poderse bañar. Las piernas del niño se cansaron, así que este comenzó a usar más sus brazos para mantenerse flotando en la parte más profunda de la alberca.

La madre contó después que su hijo le había dicho que su pierna se había dormido justo después de sentir que alguien lo tomaba de ella y “lo jalaba” hacia abajo. Ella le contestó, desconcertada, que no había nadie cerca, que había sido un calambre nada más y que siguiera nadando sin preocuparse. 

De pronto, el niño soltó un grito agudo y comenzó a patalear y bracear con desesperación. Los gemidos que emitía eran consecuencia de la lucha que libraba al querer salir de la zona honda, sin poder moverse. Cuando la madre se dio cuenta fue a buscar al salvavidas, pero para ese momento su hijo ya había tragado agua y se hundía lentamente.

El salvavidas saltó muy veloz hacia él, con la intención de ayudarlo, pero no lograba moverlo del lugar en el que se encontraba. Incluso, bajo el agua el pequeño pataleaba demasiado y no le permitía al joven sacarlo con facilidad. De pronto, este hizo un gesto extraño, confundido, y decidió soltar al niño, que terminó de sumergirse, como si algo lo jalara de prisa. El hombre se zambulló y consiguió sacarlo, mas fue tarde y en vano. La madre sollozó en espera de que todo estuviese bien, pero no fue así. Su hijo ya nunca respondió. 

Meses después del incidente, un grupo de amigos acudieron al mismo parque, específicamente a las famosas albercas. Entre ellos destacaba una mujer incrédula de los rumores que la gente asustada repetía, y de las suposiciones de que los muertos exhumados habían sido quienes jalaron los pies al niño y a las personas que nadan en esas aguas, con el fin de ahogarlos y vengarse por habérseles despojado de sus tumbas años atrás.

La joven entró a nadar, burlándose con ironía de lo que otros creían. Cuando hizo su esfuerzo por salir de la alberca, no pudo lograrlo; sus piernas estaban pesadas, a pesar de sus intentos. Dijo que algo le jalaba “las patas”. Llamó a sus amigos, quienes, tirándole de los brazos, intentaron rescatarla, mas no fue posible.

La mujer, algo histérica, pataleaba en la orilla, y con mucho trabajo apenas pudieron hacer que saliera. Ella invocó al Espíritu Santo, le dio gracias a Cristo, a la Virgen de Guadalupe y a quienes ayudaron a salvarla.

Muchas personas creen que el primer accidente no fue más que eso, que la madre no fue responsable al cuidar a su hijo. Pero, después de lo que le pasó a aquella mujer incrédula, muchos como ella cambiaron de opinión, y ahora aseguran que los causantes de estos sucesos sí son los muertos del cementerio, que buscan venganza; o, incluso, que es el niño ahogado, la primera víctima, cuya alma pretende subir a superficie.

Hay quienes afirman haber sentido intentos de hundirlos en esas albercas; sin embargo, también existen escépticos, como la mujer del incidente. 

Sea cual sea la verdad, no podemos ignorar el hecho de que ahí, en ese lugar, se exhumaron restos humanos, ni negar la posibilidad de que los muertos traten de evitar que pasemos un buen rato donde ellos solían descansar en paz.

Créanlo o no, hay que tener precaución en el parque Francisco Zarco, y aún más en sus albercas. No podemos arriesgarnos a que se nos trepen los espíritus y nos jalen las patas para llevarnos con ellos.

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