lunes, 6 de agosto de 2018

El miserable joven del seminario



Marianna Reneé Robles Lara


En la década de los setenta, Mexicali estaba creciendo, se dio un gran desarrollo en la infraestructura: se construyeron bulevares, calles y el gran Centro Cívico. También la ciudad se desarrollaba culturalmente: se crearon la Casa de la Cultura, la galería de arte, la banda musical. Y, finalmente, se fomentaba más la educación: surgió la Biblioteca Pública Central Estatal y las universidades recibieron apoyos económicos del gobierno, lo cual se logró gracias al constante movimiento y presión que hicieron los estudiantes a las autoridades, para hacer valer su derecho a la educación.

Entre todos esos jóvenes que aspiraban ingresar a los centros de educación superior que se encontraban a su alrededor, uno de ellos era de los que no podría hacerlo. Pero no por cuestiones económicas, problemas familiares, transporte, todas esas circunstancias, sino por sus padres, fanáticos religiosos que solamente querían que su único hijo estudiara en el seminario.
Incluso se cuenta que lo tuvieron que amarrar con cuerdas para poder inscribirlo en ese lugar, de lo tanto que él no quería entrar. Muchos decían que en su rostro se podía ver lo harto e infeliz que se sentía, pues sus padres lo obligaban a hacer todo tipo de cosas: leer a diario la biblia al menos una hora; vestir de cierta manera y no vestir de otro modo; rezar de manera cotidiana en la mañana y en la noche, y si lo hacía en las tardes por “voluntad propia” le daban permiso de salir un día el fin de semana siguiente.
Al cumplir dieciocho años él ansiaba irse de su casa y ser libre al fin, pero sus padres decidieron que tenía que estar en el seminario.
Cuando entró completamente forzado a ese lugar, le pareció horrible en muchos aspectos: todo estaba pintado de una especie blanco perla, por lo cual lo percibía sin color alguno; en varias partes colgaban crucifijos, retratos e imágenes religiosas, situación que seguía poniéndolo incómodo –a pesar de que ya estaba acostumbrado, por su propia casa–, y por último el ambiente se sentía sofocante y extraño. Había varias caras conocidas, que lo hacían sentirse comprendido, y no porque él conocía a algunas de esas personas, sino porque entendía los sentimientos que expresaban los gestos de sus rostros: sufrimiento, infelicidad, temor.
Todas las actividades y comportamientos lo llevaban a recordar su casa, porque radiaban el ambiente sufrido allá. Ninguna de sus materias de estudio le interesaba, y a nadie parecía importar eso ni nada.
De las personas con que se hallaba pensaba que, si no eran como él, miserables, eran individuos sin opinión ni interés en la vida; o, por último, sí les gustaba estar ahí, pero nunca entendían la opinión de los que no querían permanecer en ese lugar. Aun así, el joven apreciaba a esas personas, porque le daban un rayo de luz a esa prisión. Mas no era suficiente para él, para iluminar ese oscuro camino por donde se estaba yendo.
Pasó todo un año, y su fuerza de persistencia y voluntad decaían. Sin embargo, aún tenía una idea, una alternativa: escapar de ahí, salir del seminario y nunca volver. Porque ese sitio, en lugar de acercarlo a Dios, lo estaba mandando cada vez más con el diablo –según decían sus compañeros–, pues su actitud y forma de actuar se notaba más extraña y tenebrosa. –También comentaban que su mirada se veía más oscura.
A todos les contó su plan, pero nadie le creyó, ya que no había manera de huir. Cada rincón estaba cerrado y muy asegurado, pues ya lo habían intentado años atrás. A sus compañeros no se les ocurría idea alguna de cómo podría escapar. Pero ellos no sabían cuál era realmente su plan.
Se dice que en un momento de la noche se escabulló; rompió una botella de vino, escondida por los sacerdotes, y se la encajó a sí mismo. Muchos dicen que lo hizo por el odio que se había engendrado en él hacia la religión, por culpa de sus padres; otros dicen que fue porque simplemente había perdido la cabeza.
Ahora se cuenta en el seminario de la avenida Madero que ahí habita su fantasma, intentando asustar y atormentar a los aspirantes a ser sacerdotes, para que huyan de ese lugar y completen la misión que él nunca pudo realizar: escapar.
Se cuenta que eso ocurre cada vez que llega un nuevo joven que no desea estar allí. Pero también que, de vez en cuando, el fantasma se dedica a asustar a los internos solo por placer y gusto propio.

(Tercer semestre, 2017)


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