lunes, 6 de agosto de 2018

Un adiós musical



Diana Laura Bórquez Díaz


Por los años sesenta, Mexicali presentaba varios cambios, pues se encontraba en crecimiento. Se creó el primer canal de televisión (el canal 3); se construyeron cines, que, como hasta la fecha, son la diversión de la ciudad. Debido al auge económico que el valle estaba alcanzando, se crearon nuevas colonias, por el aumento de la población. Se fundaron grandes escuelas. Se generó apoyo a la educación. Sin embargo, hubo conflictos con los estudiantes, pues ellos reclamaban mejores condiciones para su aprendizaje; al igual con los maestros, quienes exigían mayores salarios y seguridad social.

También en estos años Mexicali sufrió un problema de contaminación: las tierras se llenaron de sal, lo que ocasionó pérdidas en las cosechas.
Una de las escuelas fundadas entonces fue el colegio Félix de Jesús Rouger. Hasta la fecha esta institución es reconocida académicamente. Sin embargo, por esas épocas ocurrió un suceso realmente desagradable.
En el jardín de niños se contaba con un grupo de veinte alumnos. Había uno en particular, que era demasiado serio; casi no hablaba en la clase, ni siquiera quería juntarse con sus compañeros, pues era un poco tímido. En la cara de este pequeño se podía notar la tristeza que tenía; a pesar de ser un niño no parecía feliz. Sin embargo, disfrutaba mucho de la música. Solamente cambiaba su expresión al tener contacto con la melodía del piano.
¡Le encantaba la música!, por ende, siempre esperaba con ansias la clase respectiva, para poder tocar todos y cada uno de los instrumentos que se encontraban en el salón. El piano era el único que no sabía teclear, aunque amaba el sonido que emitía; nunca lo había intentado, porque el aparato se encontraba en otra sala y no en el aula donde tomaban la clase.
El niño no tenía amigos, pues era difícil para él poder relacionarse con sus compañeros del salón. Cuando salían a los recreos, siempre quería permanecer dentro; sin embargo, los maestros no se lo permitían. La directora de la escuela decía que era muy peligroso que los niños estuvieran solos en las aulas.
A todos les encantaba ir a jugar. A él no; solo se sentaba en una banca afuera del salón de música, para así poder ser el primero en entrar. Lo único que lograba sacarle una sonrisa era la actividad musical. Cada vez que veía al profesor tocar un instrumento sus ojos se iluminaban y aparecía su rostro sonriente. Era por eso que siempre esperaba con ansias a que el recreo acabara, para poder ingresar a la clase, que iniciaba a las diez de la mañana. El grupo entero también estaba deseoso de esa materia.
Sonó el timbre, que indicaba la salida al recreo. Todos corrieron a los juegos, pero este niño fue a la banca donde siempre se sentaba. A la mitad del descanso se acercó una niña, se sentó a su lado y le dijo: –Hola. ¿Por qué siempre estás solo?
 El niño no supo qué responder, así que solo guardó silencio. Pero la niña seguía insistiendo y volvió a preguntar: –¿No te gusta jugar con los niños?
Él le contestó: –Es que no tengo amigos y me da pena ir a jugar con ellos.
La niña pudo observar que habló con mucha tristeza. Inmediatamente le respondió: –Pues desde ahora yo soy tu amiga, ¿de acuerdo?
El niño estaba feliz, ya que por fin tenía a alguien con quien pasar los recreos. Se quedaron platicando y jugando los siguientes minutos. El niño le confió que le gustaba la música y que el piano siempre lo había querido tocar.
Sonó el timbre para entrar al aula de música. Todos corrieron a la puerta. Entonces llegó el maestro y les indicó: –¡El que no haga la fila no va a entrar al salón! ¡Tenemos que ser ordenados, niños!
En cuanto los dejó entrar, rápidamente los alumnos se sentaron en el suelo. Los nuevos amigos permanecieron juntos.
El maestro les avisó a los niños: –Mañana por la mañana tendremos un instrumento nuevo aquí en el aula.
Todos preguntaron cuál sería. El profesor contestó: –El piano.
Cuando el niño escuchó eso se puso tan feliz, que le dijo a su nueva amiga que moría de ganas por tocarlo y quería ser el primero. Ella, para darle ánimos, le respondió: –¡Claro que sí, serás el primero! Estaremos afuera en la banca esperando el momento para entrar y tocarlo.
El profesor añadió: –Necesito que tengan mucho cuidado cuando mañana traigan el piano, pues es muy grande para todos nosotros y no queremos ningún incidente. Todos deberán obedecerme y seguir mis órdenes. ¿De acuerdo?
Al día siguiente el niño y su nueva amiga estaban afuera del aula de música, esperando a que el piano llegara y abrieran la puerta, para poder ser los primeros. Dos hombres fuertes venían con el instrumento. En cuanto se permitió el acceso al salón, ambos amigos entraron corriendo. Eran demasiado pequeños, por lo tanto, pasaron desapercibidos.
Al momento en el que los hombres bajaron el piano, este cayó de lado y el niño fue aplastado. Se escuchó un tremendo golpe en el suelo. Al mismo tiempo, su amiga gritó tan fuerte que los trabajares se asustaron.
Ahora se dice que este niño aparece por los pasillos de la escuela, queriendo tocar el piano, pues nunca lo había logrado. También aparece una mancha en donde pasó el accidente, y por más que la limpien al día siguiente vuelve a aparecer.

(Tercer semestre, 2017)


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