lunes, 6 de agosto de 2018

Regresaré



Marco López Rivera


o vi entrar por esa puerta blanca de la esquina del cuarto; después de revisar cautelosamente, la abrió. Por la forma como se movía y la expresión sombría de su cara, no fue difícil ver que muchos pensamientos pasaban por él, incluso mi próxima muerte. En cuanto entró, volteé la cabeza y di una sonrisa muy sutil, con la boca cerrada. Ya extrañaba a Alberto, y verlo acurrucó un poco mi mente lejos de toda la crisis. Pero aún me sentía muy débil y agudamente preocupado por el bienestar de los demás.

–¿Y mamá? –pregunté en cuanto se sentó al borde de la camilla.
–Está bien, José, no te preocupes. Se quedó en la casa, yo la obligué.
Entre pequeñas risas respondí: –Gracias por no hacerla sufrir. Pero, ¿a ti siempre te ha gustado eso de hacerle al jefe, verdad?
Y él exclamó con un tono burlesco: –¡Claro!
–De hecho, creo que así está mejor. No quisiera que me viera así y se preocupara más. Los dos bien la conocemos.
Durante un silencio con unas cuantas risas y suspiros depresivos, se percibía un gran sentimiento de angustia en el cuarto. Él y yo no éramos ignorantes de lo que me iba a pasar; honestamente, nunca lo quisimos asimilar, mucho menos nuestra madre. Ella ni podía hacerlo. Pero eso no evitó que lo siguiéramos haciendo, como si nada.
Con una voz algo temblorosa, Alberto me preguntó: –¿Ahora qué dice el doctor?
–Que aún no pierda la esperanza –respondí rápidamente, aunque la verdad era que le estaba mintiendo. En realidad solo me quedaban unos días. Días en que lo que menos quería era el sufrimiento de mis más cercanos por mí, a pesar de que es comprensible el sentimiento.
Se veía que mi hermano estaba algo sorprendido; al parecer, ya se había quedado en su mente la idea de que le daría malas noticias para nuestra dulce madre. Lo miré alegre, y hacía tiempo que no estaba así; específicamente, desde el primer diagnóstico, ocho meses atrás, que para ese entonces ya era muy tarde.
Trataba de moverme para abrazarlo, pero no podía. Me sentía demasiado agotado y para nada me ayudaban todas las máquinas a las que estaba atado, a las que solo les debía unos segundos de mi vida, pues aparentemente más no me pudieron dar.
–¿Entonces sí regresarás? –me preguntó, con una cara de asombro.
–No sabría decirte eso, Beto.
Notablemente eso lo desanimó. Había agachado levemente la cabeza. Le quité el poco ánimo que tenía y suspiraba con lentitud.
–No. ¿Sabes qué? –agregué–: ¡Sí regresaré, más presente que nunca!
Alberto me empezó a mirar sin idea de qué ocurría, mientras se deslizaba una lágrima por su mejilla derecha. Pero yo seguí: –Sé que mi pelo se está cayendo, junto con mi peso que marca la escala allá en la esquina. Pero al menos el brillo de mis ojos aún no se va, igual que la sonrisa que tengo al verte y saber que estás a mi lado. Pero te aseguro que estaré en la casa otra vez, y no sé cómo, pero lo haré.
Él se quedó en el hospital esa vez. Yo ya sabía lo que pasaría; sin embargo, estaba preparado. Tenía que cumplir mi promesa.
Esa misma noche fallecí. Ya era mi hora y mi pelea contra el cáncer acababa.
Uno de los doctores fue hacia donde estaba Alberto y le dio una nota que yo le escribí. Decía: “Sé que crees que te acabo de mentir, pero si algo no soy es un mentiroso. Sé que te parecerá extraño, pero tú hazme caso: ve al cuarto donde me viste por última vez (no te preocupes, sí te dejaran pasar); cuando estés ahí, acércate a mí y toma mi rosario. Dentro de él estoy yo, así que te pido que lo cuides. ¿Ves? Si yo digo algo, se hará”.
Nunca pude dejar nada incompleto.

(Tercer semestre, 2017)

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